Muchas veces he escuchado que el cine «no debería meterse en política».
Me temo que eso es imposible.
El cine siempre será político. Te guste o no.
Pensémoslo así:
El cine es una disciplina artística. Y el arte tiene una finalidad comunicativa. El cine es, por tanto, también comunicación. Y la comunicación tiene un gran componente político. Buena parte de lo que comunicamos en nuestro día a día está influenciado por el contexto en el que vivimos, que a su vez está determinado por dinámicas de poder, por valores y por construcciones culturales…
Ojo. No me refiero a una política de partidos, sino a una Política en mayúsculas. A ese conjunto de ideas que sirven para organizar la vida pública a través de acciones.
Por otra parte, cuando inventamos mundos, historias costumbristas, incluso galaxias y elfos, los ubicamos en un conflicto narrativo que tiene raíces en un contexto determinado. Y cada autor elige su punto de vista desde el que mostrar ese contexto.
- Escoger qué contar o qué no contar.
- Qué personajes escribir y cuáles no.
- Qué plano utilizar o cuál funciona peor en nuestro relato…
Todo esto construye una visión de esa ficción —espejo de la realidad— y, por tanto, envía un mensaje con cierta carga política. Y por supuesto, negarse a posicionarse también es un acto político.
El sueño húmedo de solo comunicar equidistancias sin mojarse es un mito.
Otra cosa es hacer algo profundamente panfletario. Pero si todos hacemos política, ¿cómo no iba a hacerla el cine?
De todo esto hablé en el análisis que hice el otro día de «En línea», el cortometraje de Ceres Machado.
¿Y tú? ¿Crees que un creador puede contar sin posicionarse?